Apatzingán, Michoacán, 16 de agosto de 2026.– El caos vial que hoy enluta a decenas de familias no es un accidente, es la cosecha de años de complicidad, mordidas y omisiones. Quienes debían poner orden, los agentes de Tránsito y Vialidad, crearon el monstruo al hacerse de la vista gorda, permitiendo que menores de edad, a los que aún deberíamos llamar «niños», manejen motocicletas como si fueran bicicletas, sin licencia, sin casco y con total desprecio por la vida.
El problema no es nuevo. Durante años, los elementos de Vialidad se enriquecieron con una estrategia perversa: no exigir licencias ni reglamentos, a cambio de dinero sucio. Hoy, la sociedad ya no los ve como autoridades, sino como el símbolo de la corrupción que ellos mismos alimentaron. Pero la culpa no es solo de ellos, nosotros, como padres, les regalamos una moto a nuestros hijos al cumplir 15 años, sin preguntarnos si están preparados para conducir.
Mientras tanto, la velocidad en las calles se ha disparado. Los automovilistas, contagiados por el mal ejemplo, ahora corren al ritmo de las motos que se saltan los semáforos en rojo y se atraviesan entre los coches como si nada les importara. La oficina de Prevención del Delito reacciona tarde y mal: solo monta operativos para quitar motos a quienes no traen placas o casco, pero no ataca la raíz del problema: la permisividad y el dinero ilegal.
La tragedia alcanza su punto más cínico cuando hablamos de emergencias. Protección Civil atiende los accidentes en una camioneta Pick Up, violando las normas más básicas de seguridad para el traslado de heridos. ¿Dónde están las ambulancias? Solo aparecen, como por arte de magia, cuando hay un traslado PAGADO de un enfermo a una clínica particular. Parece que el sufrimiento tiene precio, y si no hay billete de por medio, la sangre sigue corriendo.













