Morelia, Michoacán, 23 de Junio del 2026.- La reciente sentencia que inhabilitó al diputado Juan Carlos Barragán Vélez, uno de los aspirantes con mayor respaldo ciudadano para la alcaldía de Morelia, no solo ha sacudido el tablero electoral, sino que ha destapado una fractura profunda dentro del propio Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Lo que algunos presentan como un acto de justicia, para otros no es más que una jugada orquestada desde el poder para eliminar a un competidor incómodo, usando las instituciones como ariete político.
El fallo, que aparta a Barragán —cercano al exalcalde Raúl Morón Orozco—, llega en el momento más crítico: a pocos meses de la definición de candidaturas. Y el dedo acusador ya apunta a la magistrada Swany Peña Reyes, quien, según diversas voces críticas, habría impulsado la resolución. El detalle no es menor: Peña Reyes es esposa de Juan Pablo Celis, un operador político de primer nivel del gobernador Alfredo Ramírez Bedolla, quien a su vez respalda a Luis Navarro García, el principal contendiente de Barragán en la interna morenista.
El conflicto de interés es evidente y gritón. Mientras la ley exige imparcialidad, los hechos dibujan un panorama donde la toga judicial se convierte en extensión de la estrategia de campaña. No se trata de un delincuente, sino de un aspirante que, según múltiples encuestas, aventajaba cómodamente a sus rivales. La pregunta que hoy corroe a la militancia es: ¿Barragán cae por legalidad o por ser un estorbo en la ruta del gobernador?
La independencia judicial queda en entredicho cuando las decisiones parecen responder más a los intereses de una facción que a la letra de la ley. La ciudadanía, que observa con escepticismo, asiste a un espectáculo donde las instituciones creadas para garantizar la legalidad son utilizadas como trincheras en una disputa intestina por el poder municipal. El mensaje que se envía es devastador: la justicia se negocia en función de la lealtad política.
Este caso no es un asunto menor; es un síntoma de la degeneración de la democracia interna de Morena, donde la guerra sucia ya no se libra en los medios o en las encuestas, sino en los estrados judiciales. La verdadera fortaleza de un sistema democrático se mide cuando las instituciones demuestran que sus decisiones responden únicamente al cumplimiento de la ley y no a los intereses de quienes buscan obtener ventajas en una contienda política. Hoy, esa fortaleza luce gravemente herida.
La sentencia contra Barragán no cierra un proceso legal; abre una profunda crisis de credibilidad en el Tribunal y exhibe la alianza fáctica entre el Ejecutivo estatal, el Poder Judicial y una corriente de Morena para definir, desde las sombras, al próximo presidente municipal de Morelia. Al final, el perjudicado no es solo un diputado, sino la confianza colectiva en que la justicia sea ciega y no tenga padrino político.














