APATZINGÁN, Michoacán, 1 de mayo de 2026.– Cinco meses después del hallazgo de su cuerpo sin vida dentro de un automóvil BMW negro, sin placas, en un camino rural de Romita, Guanajuato, la desaparición y homicidio del exdiputado y dirigente del PT Agustín Solorio Martínez sigue en la MÁS ABSOLUTA IMPUNIDAD.
Mientras los reflectores nacionales han brillado sobre otros crímenes políticos —como los de Carlos Manzo (alcalde de Uruapan) o Bernardo Bravo Manríquez (líder citricultor)—, el nombre de Solorio se ha desvanecido en el olvido. Peor aún: quienes se decían sus amigos y aliados políticos, hoy lo han abandonado por completo.
DESAPARECIÓ EN MICHOACÁN, APARECIÓ MUERTO EN GUANAJUATO
El 7 de diciembre de 2025, Solorio Martínez, entonces coordinador político del PT en Apatzingán, fue reportado como desaparecido. Dos días antes —el 5 de diciembre— se había perdido todo rastro de él.
El dirigente estatal del PT, Reginaldo Sandoval Flores, exigió en su momento una búsqueda urgente y coordinada, advirtiendo que “CADA HORA ERA DETERMINANTE” para salvar su vida. Pero las horas se convirtieron en días… hasta que el 11 de diciembre de 2025 las autoridades de Guanajuato encontraron su cuerpo en el asiento del conductor de un lujoso vehículo abandonado, sin placas, sin testigos, sin justicia.
UN CRIMEN CON INDICIOS DE VIOLENCIA… Y SIN RESPUESTAS
Fuentes extraoficiales señalaron que el cuerpo del exdiputado —quien también fue abogado, empresario, ganadero y agricultor— presentaba signos de violencia. Sin embargo, la Fiscalía de Guanajuato, a cargo de la investigación, no ha dado detalles públicos hasta hoy.
Mientras tanto, Michoacán lavó sus manos: aunque la desaparición se denunció en su territorio, la investigación quedó en manos de Guanajuato. Un limbo jurídico que ha sepultado cualquier avance real.
“LO OLVIDARON PORQUE NO ERA CONVENIENTE”
El caso de Solorio Martínez revela una cruda realidad en la clase política michoacana: la memoria es selectiva cuando no hay rédito electoral. El dirigente petista fue pareja sentimental de María de Jesús Montes Mendoza, exalcaldesa de Aguililla, y fungió como su asesor en 2022. Fue diputado local, delegado del PT y un operador territorial clave en el Valle de Apatzingán.
Pero hoy, ningún funcionario que se decía su amigo ha alzado la voz. Ningún colectivo. Ningún pronunciamiento conjunto.
“Lo abandonaron porque ya no está. Porque pedir justicia para él incomoda. Porque era más útil olvidarlo que exigir justicia”, lamentó bajo anonimato un militante del PT.
El Partido del Trabajo calificó en su momento el crimen como “un hecho grave” y exigió una investigación pronta y exhaustiva. Sin embargo, cinco meses después, el silencio institucional es ensordecedor.
Reginaldo Sandoval Flores prometió entonces: “No descansaremos hasta tener respuestas”. Pero ni el partido ni las autoridades han dado señales claras de avances.
¿Y LA JUSTICIA?
Mientras la Fiscalía General del Estado de Guanajuato mantiene el caso en reserva, la pregunta que duele en Apatzingán es:
¿Cuántos políticos deben morir en el olvido antes de que alguien haga algo?
Agustín Solorio Martínez no era un desconocido. Era dirigente, diputado, operador político. Y aun así, lo mataron. Y aun así, lo olvidaron.
“No lo mató un asesino. Lo mató el silencio de quienes pudieron hablar y no lo hicieron. Lo mató la indiferencia de quienes llamándose amigos, hoy ni siquiera preguntan por su caso.”









